(Finalista en el I Concurso de microrrelatos Casa del Libro)
Entré en una librería, cuando para mi sorpresa yo era el dependiente.
No acierto a recordar cómo pude llegar allí pero el caso es que estaba detrás del mostrador atendiendo a la gente.
Sabía que me encontraba en un lugar extraño pero, bien es verdad, que no me resultaba ajeno todo aquello que veía.
Con diligencia, solucionaba todas las dudas que los clientes planteaban. Preguntaban por autores que no había oído jamás pero de los que daba buena cuenta. Solicitaban libros que me resultaban totalmente desconocidos pero, moviéndome, con soltura entre los estantes, los localizaba de inmediato.
El tiempo se sucedía y cada vez me sentía más cómodo.
Me movía a mis anchas entre Murakami y Auster. Acariciaba el lomo de la última novela de John Connolly. Sonreía al recordar los buenos momentos que pasé frente a Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero y lo que me aburrió La delicadeza.
Según avanzaban las horas me encontraba más relajado entre los anaqueles y lo mismo buscaba libros clásicos que su versión digital.
Todo aquello era muy extraño. Aunque todo se producía con una naturalidad increíble para mi, algo no encajaba.
Hasta que oí hablar a mis dueños.
-Me quedo aquí con el perro mientras echas una ojeada, dijo Luis.
-Vale, luego entras tú, respondió Claudia.
Yo me tumbé sobre la acera mientras atrapaba mi hocico con las patas. Ya no tenía dudas.