Dudas

(Finalista en el I Concurso de microrrelatos Casa del Libro)


Entré en una librería, cuando para mi sorpresa yo era el dependiente.

No acierto a recordar cómo pude llegar allí pero el caso es que estaba detrás del mostrador atendiendo a la gente.

Sabía que me encontraba en un lugar extraño pero, bien es verdad, que no me resultaba ajeno todo aquello que veía.

Con diligencia, solucionaba todas las dudas que los clientes planteaban. Preguntaban por autores que no había oído jamás pero de los que daba buena cuenta. Solicitaban libros que me resultaban totalmente desconocidos pero, moviéndome, con soltura entre los estantes, los localizaba de inmediato.

El tiempo se sucedía y cada vez me sentía más cómodo.

Me movía a mis anchas entre Murakami y Auster. Acariciaba el lomo de la última novela de John Connolly. Sonreía al recordar los buenos momentos que pasé frente a Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero y lo que me aburrió La delicadeza.

Según avanzaban las horas me encontraba más relajado entre los anaqueles y lo mismo buscaba libros clásicos que su versión digital.

Todo aquello era muy extraño. Aunque todo se producía con una naturalidad increíble para mi, algo no encajaba.

Hasta que oí hablar a mis dueños.

-Me quedo aquí con el perro mientras echas una ojeada, dijo Luis.

-Vale, luego entras tú, respondió Claudia.

Yo me tumbé sobre la acera mientras atrapaba mi hocico con las patas. Ya no tenía dudas.

Underground

Veo desde el asiento de enfrente que me miras. Cruzamos las miradas y desviamos los ojos. Nos hemos dado cuenta de que los dos hemos pensado en lo mismo. Esbozas una leve sonrisa que me gusta. Mucho. He visto como tus ojos se abrían y me dedicabas otra mirada.

Consulto un mapa innecesario, trazo un destino inútil. Todo por no enfrentarme a esos ojos caníbales.

Y me vuelves a mirar girando la cabeza al tiempo que pestañeas. No está bien, creo que estás pensando. Y no sabes por qué te esta pasando esto.

Y te vuelvo a mirar, sin poder ocultar ya mi risa. Crees que pienso que algo está ocurriéndonos.

La megafonía anuncia el destino. Me levanto. Inicio el recorrido hacia nuestra despedida. Parado en el andén, te busco tras la ventanilla. No veo nada y el tren arranca.

Jamás el viaje de Queensway a Lancaster Gate había durado tanto.

Vino en blanco y negro

Escena en blanco y negro.

Unas manos aprisionan los dedos de otras manos. Aprietan. Una gota de sudor recorre la nuca de uno de ellos. Máquina acompasada. Gemidos apagados. Manos que vuelven a apretar. Carne contra carne. Ruidoso silencio de manos que se buscan.

Escena en rojo.

Unos dedos se mojan en la copa y se acercan a los labios. Degustan el descanso. Disfrutan del reposo de la fatiga buscada. Ahora las manos se entrelazan, produciendo un abrazo. Otra gota de vino resbala por la comisura de los labios. Todo se acaba para volver a empezar.

Herida


Mucho tiempo ha pasado y su bálsamo ha cerrado la herida aunque la cicatriz permanezca.

El azar o la tecnología, quién lo sabe, me han puesto sobre un camino clausurado ya pero que intuyo delante de mi.

Quiero transitar de nuevo por este sendero pero temo destrozarme la piel con tus ortigas.

Cualquier respuesta es posible y con toda seguridad me será asignada la peor. Es la única certeza que tengo en todo este asunto. Albergo cierta ilusión, ingenua tal vez, de reiniciar lo que nunca se debió detener: nuestro tiempo.

Las señoras

Las señoras acuden al médico con sus mejores galas.

Descuelgan del armario el abrigo de uso exclusivo en bodas y funerales.

Antes de salir atusan su cabello frente al espejo del recibidor. Hace un par de días que fueron a la peluquería. No es de recibo presentarse sin arreglar en la consulta.

Portan una bolsa, ajada, repleta de informes, pruebas e historias médicas que caducaron hace dos lustros pero que no tiran "por si acaso".

Miran con envidia al resto de la sala. ¿Y si lo suyo es más grave y les cuela la enfermera? Hablar del turno es mentar lo sagrado.

¡Ay, qué nos dirán!, suspira una.

¡Sólo Dios lo sabe!, replica el resto a coro, como una letanía.

La Isla Solitaria se publica desde 2006